
Alguna vez he hablado del metro, un transporte público que se caracteriza por su eficacia, puntualidad, comodidad…¡Los cojones!.
Quizás si escribiera otro día sobre el “tube” lo haría de forma más sosegada, intentando no despotricar sobre este medio que utilizan los hijos de la Gran Bretaña para llegar a sus trabajos en aquellas empresas que osan comerse el mundo.
Hoy es uno de esos dias en los que acabas hasta los huevos de metro. Se te pasa por la cabeza la idea de alquilar una bici y hacer todo los días la carrerita de los “nosecuantos” kilómetros que hay del centro de Londres a Greenwich.
Todos sabemos las ganas que nos entran los Lunes de empezar una nueva semana de trabajo: te levantas con la mejor dignidad posible, te refriegas los ojos para quitarte las legañas, desayunas, te duchas, y te dispones a emprender la aventura más heroica de tu vida, el llegar sano y salvo al trabajo. Venciendo la impuntualidad de este, los empujones, los roces, los dolores de músculo por aguantar una determinada postura…
El metro, para empezar bien el día, llegó con retraso a la estación de Earl´s Court, que es donde me monto yo. El vagón arribó lleno. “Pues nada, habrá que empujar un poquito para entrar a lo justo, para que las puertas no grabaran una raya en mi traje“. Lo malo es que yo no fui el único que tuvo esa genial idea; una mujerzuela que venía detrás quiso sumarse al homenaje, al congreso de estrujamientos y roces varios. Creía que esperar al siguiente tren iba a suponerle un descalabro en su vida personal o profesional. Y yo la entiendo, oigan, en un par de minutos puede pasar cualquier cosa.
Gracias a que de chico jugaba al Tetris y tengo un poco de práctica, pude contorsionar mi cuerpo de tal forma que me pude hacer un hueco entre brazos, piernas, maletines. Lo malo es que al final tuve que buscar una pierna que había perdido, pero al fin la encontré… Tan solo faltaba que en el suelo hubieran dibujado círculos de colores para que hubiésemos batido el record del mayor número de gente jugando al Twister. Muy divertido todo.
El tren paraba entre estación y estación, a cada parada más gente subía de las que bajaban, el aire dejó el estado gaseoso para hacerse líquido, casi sólido. Parecíamos vacas hacia el matadero, aunque ni punto de comparación, claro, hay personas que huelen peor, doy fe.
Y es que si te montas en el metro debes tener en cuenta los principios fundamentales de la Ley de Murphy. A saber:
-El vagón más lleno del metro es el tuyo. Siempre será así, te montes donde te montes.
-Si te pones de pie al lado de unos asientos esperando a que los que los ocupan se bajen del tren para ocuparlo tú, date por jodido: Precisamente esas personas se bajarán en tu parada.
-Si no tienes suerte al sentarte y te toca estar de pie ten por seguro que te tocará rozarte con alguien. Y la Ley dice que ese alguien será un tío o una señora mayor, y no la chica tan mona que tienes a escasos pasos.
-El único espacio de barra al que puedes agarrarte acaba de ser utilizado por una mano sudorosa.
E.t.c…
Llegó Monument, donde todos los dias me apeo. Sí, he dicho apeo oigan, que lo otro lo hago antes, en la intimidad.
Tras recorrer unos cuantos pasillos, adelantando y esquivando a gente cual Fernando Alonso con corbata, topo con una cola enorme. “Oh my God!” ( por no poner aquí lo que dije en realidad, “me cago en la puta”). Sí, lo que veían mis ojos era la cola para entrar en el DLR, ese tren-tranvía que me tenía que llevar a Greenwich después del recorrido turístico por las periferias de Londres.
Vuelta a los empujones de gente que entran en el vagón como posesos a la caza de un asiento que espera con ojos de carneros a ser devorado por el siguiente usuario, sin que tenga tiempo de escapar. Otra vez apretujado, que casi no te hace falta ni agarrarte a la barra. Esas legañas tuyas siguen ahí, forjadas en el paraíso de la cama, el edén de los sueños, entre sábanas tan queridas y olvidadas a veces.Esas sábanas frescas a las que a veces despreciamos, dejándolas arrugadas cuando nos vamos entre prisas y que, sin embargo, nos recibe cada noche con un cálido abrazo, una suave caricia y las piernas abiertas. En esas cosas pienso cuando estoy en el metro, ahí una muestra de mi estado mental. Añorando un destierro forzoso de la auténtica patria, la cama.
En fin, menos mal que uno ya va cogiendo experiencia en estos ruedos y se la suda un poco este mal rato que a veces te hacen pasar. Porque estos son momentos que te ayudan a aprender a aguantar chaparrones, para cuando caiga una igual puedas decir “no pasa nada, estoy matriculado en las mejores universidades del metro de Londres”.
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