Al llevar un tiempo fuera está claro que se echan de menos muchas cosas de las que disfrutabas en tu patria, pero también se pueden enumerar con absoluta clarividencia las cosas que se echan de más, que no son pocas.
Entre estas últimas podemos encontrar las masificaciones de hora punta en el metro,la comida, el levantarse temprano, la lluvia...
Pero lo principal que se echa de más se llama moqueta, y está por donde quieras que vayas. Es como una plaga que se desata voraz en cada hogar, cada oficina, cada pub o discoteca. Son como los canis (o angangos) en España: están por todas partes.. Donde quieras que vayas allí está ella, la señora moqueta, con sus colores, olores y sabores (y no es que la haya probado, oigan).
Una moqueta es un objeto decorativo que si se escoge con gusto y fineza puede dar un ambiente cálido y confortable a cualquier lugar. Pero cuando una moqueta deja de mantenerse, cuidarse y limpiarse... más que un objeto decorativo se convierte en una guarrada, y de las gordas.
Una moqueta en un pub es una guarrada, porque rara es la vez que no acaba salpicada de cerveza por culpa de algún desaprensivo.
Lo mismo se puede decir de una moqueta en un cuarto de baño, la humedad provoca que la propia moqueta quiera darse una ducha después de un tiempo.
Una moqueta en un hotel es un objeto decorativo, porque queda bien, da una sensación de confort y da gusto pisarla.
Pero la moqueta a la que más aprecio tengo se encuentra en mi habitación. Y ella misma es otro ejemplo de guarrada. Creo que solo la han limpiado una vez desde que estoy aquí. Y esto lo sé porque cada vez que entro, después de la jornada laboral, me da las buenas tardes y me pregunta como ha ido el trabajo.
Para mantenerla contenta le doy una galleta de chocolate, y se queda callada, devorando plácidamente la galleta y almacenando el sobrante junto con otras galletas que otra gente le dió algún día.
Mi moqueta me despierta por las mañanas, no me hace falta despertador; escucho como hace la digestión, como respira y si tengo suerte, a veces puedo ver una manada de motas de polvo escapando en estampida hacia debajo de la cama.
Es un universo aparte, un cosmos formado por tela, pelusas, pelos y secreciones varias. Si te caes en ella, estás jodido, sus voraces fauces pueden devorarte en cuestión de segundos, sin que te de tiempo a decir esta boca es mía.
Estoy enseñándole a ladrar, para convertirla en mi señal de alarma, por si algún desaprensivo osa entrar en mi territorio. Aún no me atrevo a acariciarla no vaya a ser que me muerda.
Al final va a resultar que la voy a querer, y me va a dar pena dejarla cuando me vaya a España; con lo mona que es ella con sus cosas, sus porquerías, sus ácaros. Sí, creo que me llevaré un cachito a Cádiz y la plantaré, a ver si me puede dar moquetitas.
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