jueves, 28 de octubre de 2010

Personajes varios

El conocer nuevos lugares tiene la innegable ventaja de que en ellos puedes encontrar esa fauna tan alucinante y sorpresiva como el propio lugar. Les hablo de la fauna de Londres, que no de la flora, de la que nos ocuparemos otro día. Esta fauna de la que les hablo no se trata de la que habita en Hyde Park, no son las palomas de Trafalgar Square, ni esos ultra que van a ver el Chelsea a Stamford Bridge… Es aquella fauna, perteneciente el género humano, aunque a veces cueste creerlo, y que se pasea tan plácidamente por las calles de Londres, con su extrañeza, frikismo y poca vergüenza a cuesta, en el buen sentido de la expresión.

Te lo puedes encontrar en cada esquina, cada baño, cada vagón de metro, en cada trabajo… Y su existencia es directamente proporcional al número de seres humanos habitantes de un sitio; y claro, en Londres humanos hay unos pocos. Resultaría tedioso relatar aquí todos los personajes con los que se encuentra uno cuando se da una vuelta por ahí, o con los que se topa de camino al trabajo… Pero lean en estas líneas los que me han llamado la atención, los que han dejado una huella en mi memoria, difícil de borrar en algunos casos, por desgracia…

Resulta que ayer, 27 de Octubre, terminé de trabajar. Muy alegremente, a las cuatro de la tarde me dirigí al baño de la empresa (Una escuela de negocios) para aliviar los bajos fondos, cambiar de agua al canario o como quieran llamarlo. Salgo del excusado y cumplo con el ritual del lavado de mano. Al lado mía, un negro (me niego a llamarlo persona de color porque de color somos todos) se empezó a lavar las manos, hasta ahí bien, luego siguió con los brazos, ahora con más fuerza e ímpetu, como si le fuera la vida en ello. Seguía la cosa bien pero ya empezaba a ser un poco más raro. De tanto jabón que se echó se puso los brazos blanco. Yo pensé que quizás tenía síndrome de Michael Jackson y quería perder su color, no sé.
Lo que está claro es que el susodicho no escatimaba en jabón y usaba este deliberadamente. Yo seguí tranquilo con lo mío, enjuagándome las manos y dirigiéndome al secador de mano, cuando el negro, ni corto ni perezoso, se descalza un pie, lo mete en el lavabo y venga a darle jabón a la extremidad inferior. Con ahínco el personaje se batió en duelo con los hongos y demás porquería que albergaban sus pies . Hongos interdigitales donde se podía fermentar los mejores quesos de Castilla La Mancha… Ahí estaba él, refregando su pie, como si temiera un brote de fiebre porcina, como si hubiese salido de trabajar de una central nuclear… El hombre no se pudo esperar a llegar a su casa, ¿Qué se le va a hacer? Oye, que se habrá quedado el chaval sin agua caliente y por esto lares ya hace un poco de fresco para jugarse el gaznate con el agua fría.
Lo que está claro es que el personaje se empeñó en dejar un recuerdo para el siguiente usuario del lavabo, que seguramente lo usara para lavarse también las manos, la cara o el culo, vete tú a saber.

Otro extraño personaje lo pudo conocer en el metro, en la estación de Oxford Circus más concretamente. Me gustaría que pensárais en un trabajador de metro, de los que hay en las puertas o tornos para ayudar y vigilar al personal. Lo imaginais como una persona “normal” de a pie, de infantería, vamos. Con su pelo cortado, bien vestido y con la presencia digna que exige el trabajar de cara al público. Os lo imagináis quizás ya maduro, padre de familia quizás, con algunas canas que otras o con una más que prominente calva, barriguita cervecera quizás… Bien, tampoco vais mal encaminados, ese es el trabajador prototipo del metro, el que se ve más a menudo. Pero si un día topáis con el que me refiero, lo primero que os vendrá a la vista será su peinado punky, al estilo casco romano, teñido de todos los colorees habidos y por haber. Esta cresta puede llegar a medir sus treinta centímetros perfectamente, y tiene pinta de estar más tiesa que la picha del David de Miguel Ángel.
No acaba con el peinado la cosa, debajo del reglamentario chaquetón que deben llevar todos los trabajadores del “tube” se encuentra la vestimenta que el señor se compra en no sé dónde, pero en Zara seguro que no: Unos vaqueros cagados, color oscuro, con sus cadenas (no sé de qué váter las habrá sacado), y unas botas al estilo soldado que le dan al conjunto un aire pintoresco y ¿Por qué no? Divertido.
Y me lo imaginé llegando a su casa, después de un agotador día de trabajo en el metro viendo pasar a gente y más gente, abriendo la puerta y diciendo “Cariño, ya estoy en casa”. Viniendo el perro a recibirle, con el mismo peinado con él. La mujer preparando la mesa, también con el mismo peinado, y su hijo de cinco año que viste camiseta de Marilyn Manson, adivinen cómo tiene el peinado, y se acerca al padre con una pelota a pedirle que juegue con él. En la casa se escucha al fondo Metállica, es la suegra que está en su habitación pegando brincos en la cama…
No conozco a este hombre, quizás sea un tío simpático, o no, lo que sí sé es que me inspiró más simpatía que aquellos que van con corbata y traje, con caras de comerse el mundo, todos iguales ellos, sin nada que los diferencie unos de otros. Este, al menos, era diferente, y se ha ganado mi simpatía por ello.
Y no dejo de pensar en ello: Qué envidia de país en el que se puede trabajar de esa guisa, sin nadie que te señale con el dedo, sin que te prejuzguen por tu vestimenta. Y saber que allí en España, cuando trabajaba en Decathlon, me llamaron la atención por llevar un pantalón de chándal a trabajar…

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