
Hamburguesa, patatas y coca-cola compradas en una hamburguesería famosa: 4,30 libras; comerse todo eso sentado a los pies del Nelson´s column en Trafalgar Square, viendo latir el corazón de Londres, no tiene precio.
La ocasión la pintaba clara, aprovechando que me encontraba solo por el centro de Londres, me dio por darme un paseo por el Big Ben, London Bridge… Para terminar en Trafalgar Square, que además de ser la plaza más famosa es mi favorita en Londres. Y como llegaba la hora de la cena me acerqué a la hamburguesería más cercana, pedí un menú para “take away” y con mi vitualla volví a la plaza, homónima del Cabo cercano a Cádiz, donde tuvo lugar la batalla naval más famosa y trascendental de la historia. Esto lo dicen los ingleses, claro, que si llegan a haberla perdido no iban a escribir Trafalgar ni en los libros de historia, como pasó con Cartagena de Indias.
Trafalgar Square es una céntrica plaza, lugar de reunión y de importantes citas. Entre otras cosas, aquí celebran los ingleses el nuevo año, ya que desde allí se puede ver el Big Ben; se reunieron para celebrar la proclamación de Londres como ciudad olímpica en 2012; y se reunen también para celebrar los triunfos de la selección nacional… Vamos, que no se reúnen nunca por ese motivo.
Y ahí estaba yo, en Trafalgar, pero en la plaza, no en el cabo, más quisiera yo… Comiéndome la hamburguesa en los pies de Nelson ante la atenta mirada de este, por si le manchaba las botas. Nelson fue el Almirante a cargo de la flota inglesa en la batalla, que perdió la vida en ella, y llegó a Londres metido en un barril de Ron para que su cuerpo se pudiera conservar bien y quedara bien guapito para hacerle el entierro de Estado que se le prepararía en Londres. Y como a un inglés le puedes privar de cualquier cosa menos de su ración de alcohol diaria, a los marineros no le temblaban el pulso cuando tenían que meter el vaso en la barrica de Ron donde estaba su almirante más tieso que el pezcuezo de Berlusconi.

Créanme cuando digo que la de hoy ha sido la hamburguesa más sabrosa que he degustado en mi vida. Aunque los componentes químicos ayudaran a ello, me refiero al contexto en el que me la he tomado. Lejos del bullicio de la mitad de una calle, o dentro del establecimiento… Pues nada de eso, en mitad de la plaza, con apenas una luz tibia; escuchando el continuo chorreo de agua de las dos fuentes cercanas al monumento, y sabiendo que lo que uno pisa tiene su historia, que lo que ve también. Pensando en aquella batalla, aquellos hombres que pudieron ser nuestros tatarabuelos, aunque tengamos la sensación de que las grandes batallas y hechos son cosas de la ficción, por verlas lejanas en el tiempo, como si no tuviéramos nada que ver con ello. Uno pensando en eso recuerda, claro está, a sus compatriotas, los que perdieron la vida tan miserablemente, por culpa de un gobierno incapaz. Gente arrancada a la fuerza de tabernas, de las calles de Cádiz, para luchar en el mar. Ese mar que solo conocían de haberse bañado en la caleta… Y veía esa plaza, ese monumento, como un recuerdo a ellos, a esos hombres que lucharon tan ferozmente y perdieron su vida en ese infierno de fuego, madera, metralla y sangre; sin otra escapatoria que la lucha o la muerte.
Pensaba también en que, vaya envidia, que los ingleses sí que saben homenajear a sus héroes, le ponen sus nombre a plazas céntricas, les erigen monumentos, les celebran festividades, los estudian orgullosos en sus libros de historia… Y en España poquita gente conoce a Blas de Lezo, Álvaro de Bazán, el Gran Capitán, los almogávares…
Y otra vez pensaba en la noticia sacada en prensa durante la semana pasada en la que el cabo Trafalgar va a ser urbanizable, gracias a nuestros siempre querido políticos que se han empeñado en cargarse cada centímetro de nuestro litoral, sin importarles un carajo ese paraje natural, esas playas vírgenes… Por lo visto, se han puesto entre ceja y ceja que en el cabo Trafalgar haya más guiris que en la plaza, con sus chanclas, sus calcetines y su cangrejada piel.
Cádiz-Londres fue el último viaje que Nelson realizó, aunque ya estaba muerto, jartándose de Ron ya. Y ahí estaba el de Cádiz, ósea yo, paisano de Gabriel de Araceli, que la pluma de Galdós se empeñó en que combatiera en la batalla, junto a otros marineros que sí perdieron la vida, y cuyos fantasmas pululan por el Cabo y por la plaza, oliendo mi hamburguesa.
Me fui no sin antes mostrarle mis respetos al almirante, que al fin y al cabo lo que hizo tiene su mérito, y mandándole un saludo departe del que lo dejó manco en Tenerife y le hizo volver a Inglaterra con el rabo entre las piernas, recordándole que el calificativo de “invencible” le venía aún un poco grande, por mucho que se empeñara la maquinaria propagandística británica.
Es lo más cerca que he estado de Cádiz en estas semanas, escuchando el eco de la batalla, y las olas contra la escollera de la caleta, donde esperaban los barcos a zarpar hacia la escabechina que le tenían preperada los ingleses.
Estas son las sensaciones que produce el conocer, el saber por qué están ahí las cosas, el que tengamos la posibilidad de recrearnos en cada plaza, cada calle, con un trocito de historia. A esta forma de moverse por el mundo algunos lo llaman “ser carca”, “un entendido”,”un pedante”. Y a mí no me cabe otra que sentirlo por ellos, por no tener nunca la posibilidad de moverse por ese museo al aire libre que es la calle, que no tiene nada que envidiar a ningún museo cubierto. Porque a lo mejor los aburridos son estos, que no hacen más que fotografiar un monumento solo porque más gente lo hace.