Siempre me han impresionado las catedrales, esas obras colosales que la mano del hombre se ha encargado de hacerlas infinitas, majestuosas e impecables, en su fondo y en su forma.
Siempre me llaman la atención sus bosques de columnas, sus frescos, su monumental silencio y el eco de tus propios pasos en las gruesas paredes.
No entiendo de arte, apenas puedo diferenciar entre un determinado tipo de columna u otro, pero las catedrales reflejan en mí lo que en su origen pretendieron los que la diseñaron, que me sienta diminuto, pequeño ante aquella obra de, según ellos, Dios.
Me pasó con la catedral de Sevilla, por ser la de mayor tamaño de entre las que he estado. Costaba imaginar como el hombre de aquella época pudo construir esa montaña de piedras con la tecnología de su tiempo, y darle tanta armonía y tanta belleza que ni las obras arquitectónicas actuales pudieron alcanzar.
Volví a verme envuelto por esa belleza ayer, en mi visita a la catedral de San Pablo, reconstruida después del incendio que azotó a la ciudad en 1666(curioso el año, ¿Verdad?). Aprovechando que los Sábados por la mañana la entrada es gratis no pude dejar pasar la oportunidad de volver a sentirme pequeño.
Empezando mi visita por la cripta contemplé las dos tumbas de los mayores héroes de Inglaterra, que por tal motivo gozan del privilegio de estar enterrados en la catedral de Londres: Nelson (héroe de Trafalgar) y el Duque de Wellington (Héroe en Waterloo y en la península Ibérica). Da la casualidad de que dos de los mayores héroes hayan derrotado a Napoleón, el hombre que tuvo acojonado a los ingleses, uno por mar y otro por tierra, respectivamente.
Volviendo al tema de la catedral, su cúpula es algo digno de ver al menos una vez en la vida, el dolor de cuello se hace patente cuando miras arriba para contemplar la lejanía de esa linterna que como un ojo acechando observa a los turistas dando vueltas por todo el inmenso pabellón que envuelve la cúpula.
Subí las escaleras que me llevaban a la propia cúpula desde la que pude observar la catedral desde las alturas, viendo el suelo lleno de turistas diminutos mirando hacia arriba la aún lejana linterna.
Y pasando la mirada abajo y arriba te preguntas como es posible construir esto, o pintar los frescos del techo sobre andamios de madera alcanzando una altura difícil de concebir. Me imaginé al pintor que llega a la catedral recién construida, al que le han hecho el encargo de pintar el techo: “Una cosa fácil, Manué” le dijeron. Se fue el pintor muy feliz de su casa, le dio un beso a su mujer, y buscó el sitio por el google map, que en esa época estaba hecho de pergaminos. Llegó al sitio y le dijeron “Pues aquí es”. Vió el pintor la nave central llena de andamios de madera, que se levantaban hasta la altura del techo. Empezó a subir por la mañana, y llegó a la hora del bocadillo, le jodía que se le cayera un pincel al suelo porque eso significaba que perdía un día de trabajo. Pero lo que más le hubiese fastidiado es cuando terminó su obra, mandó quitar el andamiaje, y desde el suelo, en la lejanía, se hubiera dado cuenta de que a un angelito le falta un dedo,"la mare que me parió" y vuelta a construir el andamio…
Después de observar las alturas desde dentro seguí subiendo para ver la ciudad de Londres desde fuera: El London Eye, el pepino de Norman Foster (me refiero al edificio que diseñó), el Támesis pasando por los pies del Tate Modern, el Puente de Londres... Es curioso el contraste entre lo antigüo y lo moderno, en el que los edificios que han visto pasar siglos comparten barrio con edificios modernos, acristalados y novatos. Todo Londres estaba a nuestros pies.
Los catedrales se construyeron para ser un vínculo entre la tierra y el cielo, entre Dios y el hombre, o al menos con ese intento se hicieron, y la verdad es que no se han quedado cortos. Pasear por cualquier catedral, esta por ejemplo, y escuchar el sonido del órgano retumbando hasta en el suelo impresiona hasta al más gallito y te dan ganas de plantar una tienda de campaña y pasar unos días en ese bosque de columnas.
Una vez fuera, al acabar nuestra visita, pude comprender más que nunca esa preocupación de Winston Churchill por la que la catedral no sufriera ningún tipo de daños durante los bombardeos alemanes, preguntando despúes de cada uno de ellos aquello de: "¿Sigue en Pie?".
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