Parece como si el tiempo se haya parado en esa ciudad y sigue tal como la dejé; y no existe en ella ni el invierno, ni el frío ni la lluvia; teniendo la idea de que cuando llegue podré volver a darme un baño en sus playas.
Todos este tsunami de recuerdos me viene día sí y día también, máxime cuando esta ciudad, Londres, se empeña en recordarme aquel rinconcito español donde se vive como en un sueño y un sueño es el encontrar trabajo.
Verbigracia, me gustaría decir que trabajo cerca de mi ciudad, y no voy muy mal encaminado cuando lo afirmo. No estoy ni en San Fernando, Puerto Real ni ningún municipio de la Bahía, y aunque en la oficina se hable inglés no estoy en ninguna empresa de Gibraltar, además no hay monos ni piratas.
Estoy a unos cuantos kilómetros más al norte, donde el planeta Tierra empieza a contar las horas, donde el Oeste se confunde con el Este. Estoy, en definitiva, en Greenwich, acariciando el meridiano. “¿Greenwich? Eso está en el quinto carajo de Cádiz.” Lo sé, pero desde el primer día sé que en la escuela de negocios donde trabajo hay una sala que se llama “Cadiz”; sin tilde, que ellos no la usan, aunque Cádiz se llame así aquí y en la Cochinchina.
El nombre de las salas corresponde a personajes o lugares importantes en la historia marítima inglesa y Cádiz, importante durante Trafalgar y como ciudad anhelada por piratas ingleses durante siglos antes, no podía faltar.
Fue curiosa la circunstancia, el que el destino me haya concedido un deseo, el de trabajar cerca de Cádiz. “¿No querías Cádiz? Pues ahí la tienes, picha”.
Se trata de una sala normal, no huele a sal ni hay marujas llevando bolsas de pescado comprado en la plaza. Las vistas no son ni a la alameda ni al campo del sur, que más quisieran ellos, pero sí a un bonito pueblo que el crecimiento de Londres se ha encargado de absorber y hacerlo parte de la gran ciudad.
De entre los anuncios del metro de Londres se puede encontrar de todo. Anunciando bancos, periódicos, maquinillas de afeitar, teatros, películas… Pero el mejor anuncio, al menos para mí y si entendemos calidad como capacidad de despertar sentimientos en el receptor, es un anuncio sobre un destino turístico. Concretamente es un anuncio sobre Andalucía “loves you” en el que presentan al público británico la posibilidad de pasar unas lovely vacaciones en la comunidad, acompañado de Manuel Chaves, si hace falta, vestido con su traje de flamenca y haciendo de guía turístico por los mejores chiringuitos y urbanizaciones de la Costa del Sol .
Solo hay dos tipos de fotos en ese anuncio repartidos por algunas de las estaciones del metro de Londres: Hay una en la que sale una muchacha, muy mona por cierto, paseando con una sonrisa de anuncio de compresa por un patio típico andaluz.
En otra foto, la que más me ha gustado, aparece una pareja paseando por la playa de Santa María, cogida de la mano, y disfrutando de una caída de sol mientras al fondo, el Campo del sur custodiado por la Catedral, recorta el mar en una línea labrada de piedra ostionera. Les hablo, como no, de Cádiz.
Véase aquí la mencionada foto:
Está mal que lo diga, y aún a riesgo de caer en la reiteración y en el alarde, estos detalles son los que te hacen un poco más orgulloso de pertenecer a un rincón donde la historia y la belleza han sellado tal pacto de amistad que ni el paro, las pocas esperanzas de las que gozamos la juventud de allí, ni la gente que ensucia y mancha el nombre de la ciudad, ni los años, ni la pujanza de otras ciudades, han podido separar.
Por eso, cuando veo Cádiz en una escuela de Greenwich que queda tan lejos de donde vengo, o aparece la foto en un anuncio en el metro que ve millones de personas al día, solo puedo decir una cosa en mi inglés caletero: “This is cadiz and here it is necessary to suck”. Que traducido resulta “Esto es Cádiz y aquí hay que mamar” o como diría aquel “`Después de Cádiz, ni hablar…”.
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