martes, 7 de diciembre de 2010

La ciudad impersonal

Londres es la ciudad impersonal, los que viven aquí lo saben. Formas parte de un inmenso hormiguero donde todo lo que haces en la calle es grabado por miles de cámaras que te siguen a donde vayas grabándote, dicen, que trescientas veces en un mismo día.

Es como un Gran Hermano pero en el que nadie se orina en las duchas. Aquí el que orina tiene que pagar, aunque los servicios se encuentren en lugares públicos como estaciones de autobuses o metro.
Todo se vende y se compra, Londres es la ciudad del consumismo y del despilfarro. La vida aquí de un mileurista puede hacerse pésima en tanto en cuanto solo le daría lo justo para vivir, comprando en los supermercados más baratos, si a esto se le puede llamar barato.

El precio del transporte público no se traduce en comodidad en los trayectos, las huelgas son numerosas y el funcionamiento durante el fin de semana deja mucho que desear, con cortes de líneas incluidos debido a las obras acometidas. Aun así la inmensa red conforma una enorme ciudad que late al mismo ritmo que la ciudad descubierta.

Londres te invita a gastar: Jugar un partido de fútbol se hace casi prohibitivo (6 libras) , cortarse el pelo es sinónimo de hipotecar la casa (16,5 libras), vivir en una residencia de mala muerte en el centro es mucho más que hacerlo en un barrio acomodado de Madrid (120 libras a la semana, 480 al mes)…
Los anuncios publicitarios, las tiendas llenas… te recuerdan que tienes que consumir, que no te quedes atrás. Aquí hasta el último tonto tiene un Ipod, siendo el móvil más visto en la calle y en el metro.Los e-books y los i-pad han ganado la partida a los libros… Todo está a la moda y te sientes como un mindundi cuando sacas tu Nokia modelo Atapuerca del bolsillo.

Todo está lleno, pareces que la misma corriente de personas te arrastra donde quieras que vayas. Andas en línea recta y un sinfín de personas se te cruzan en tu camino sin importarles un carajo el tropezar contigo o no. Es una ciudad impersonal, digo, porque a nadie le importas tú, eres uno más… Es una ciudad donde es fácil sentirte solo, donde la mayoría de las veces no entiendes las conversaciones a tu alrededor o el silencio en cualquier vagón es tal que te sientes dentro de un trailer de Zara lleno de maniquíes.
Solo importa tu dinero, lo que puedas llegar a consumir. Ya ni siquiera te permiten el honor de poder saludar a aquella cajera del supermercado que tan amablemente introducía la compra en las bolsas. Unas máquinas han sustituido a las personas haciendo tú todo el trabajo de coger, pasar y pagar, sin que ni siquiera esto haya permitido bajar el precio de los productos. Eres un productos más dentro del supermercado, en tu espalda llevas un número, que es el dinero que vas a dejar allí: Llegas, coges, pasas, pagas y te vas; sin decir buenas tardes ni adiós muy buenas, un cliente más, un número más …

Dicen que esta es la ciudad de las oportunidades, pero aquí el que quiera una vida mejor tiene que pagar un precio, y vaya precio… En lo que a mí me respecta, estoy contento por poder vivir esta experiencia en la que he tenido la oportunidad de conocer a mucha gente, alguna infame, la mayoría encantadora, de la que me llevaré un gran recuerdo. He podido conocer muchos lugares interesantes dentro de esta gran ciudad que, aunque sea fría en espíritu, no deja de ser majestuosa. Grandes museos, impresionantes plazas y monumentos, iglesias, catedrales… Es la ciudad perfecta para vivir unos meses, los suficientes para no endurecerte demasiado, para adquirir la habilidad de ver la vida con ese ojo crítico, esa frialdad que puede ayudarte a vivir en momentos de soledad o apatía. Londres es una gran escuela .Aquí se puede llegar a algo, las oportunidades creo que son inmensas, y algunos meses pueden llegar a ser un buen chute de taurina para el resto de la vida.

Pero permítanme decirle que no cambio una riqueza en Londres por el mileurismo en España, a poder ser en Andalucía, cerca de mi gente, de gente cercana, de marujas que hablan en el bus y te cuentan su vida cuando vas a comprar el pan. Cerca de algo tan natural como una playa y lejos de esos parques artificiales llenos de turistas. Quiero poder pagar precios razonables, pagar lo que de verdad cuesta una mercancía o servicio, no quiero contribuir a alimentar el estómago de piratas ávaros, quiero estar con gente sencilla, hechas de humildad y de trabajo. Porque hay una cosa llamada calidad de vida, y la palabra calidad es algo tan a tener un cuenta que no podemos dejar de aplicarla en algo que se pasa una sola vez y de forma tan deprisa. Por eso me gustaría poder decir: “Mileurista, sí, pero feliz”.

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